Aquella octava división del Club Atlético Bella Vista no había sido educada para ser jóvenes libres, inteligentes y responsables, sino para aceptar pasivamente lo que decía el entrenador.
Y por esa razón terminaron últimos en la tabla de posiciones del año ’82 con 117 goles en contra y 6 a favor. Silvio Suárez, afortunadamente, jugó un solo partido en aquel plantel, y luego decidió alejarse por un tiempo del fútbol. De no haber sido así, jamás hubiera logrado recuperarse de semejante decepción.
Se había acercado a las prácticas, tímidamente, de la mano de un vecino de la cuadra. Manifestaba un excelente dominio de la pierna izquierda y una asombrosa intuición a la hora de marcar un gol. Sin observarlo demasiado, sin una rigurosa evaluación, el DT de la octava le ofreció el puesto de número once, armó el partido contra la séptima división, y luego se fue a un costado de la cancha para conversar con el resto de los empleados del club. Silvio tocó muy pocas veces la pelota, pero al final salió satisfecho; después de todo, había pasado la tarde jugando al fútbol, que era lo que más le gustaba hacer. Todo siguió su curso normal hasta el sábado siguiente, el día del comienzo del campeonato, durante una siesta soleada, en el mes de marzo. Las inferiores de Bella Vista debutaban contra las de Alumni de Villa María, y como lo hacían de local, en el estadio del Pocito, suponían que iban a lograr modestos resultados. El único problema fue, como siempre, que faltaron varios jugadores y costó completar los equipos. En la octava no se había presentado el enganche y el entrenador resolvió que Silvio podía cubrir ese puesto. “¿Sabés jugar de 10?”, le preguntó. Silvio respondió que sí, pero, en rigor de verdad, nadie le había enseñado en qué consistía el ejercicio de esa posición.
Anduvo perdido en el círculo central desde el pitazo inicial. En la primera jugada que intervino recibió una tarjeta amarilla y en la segunda, a los catorce minutos, aproximadamente, el técnico decidió sustituirlo. Sintió tanta vergüenza que no quiso mirar el partido desde el banco de suplentes y se fue directo a los vestuarios para darse una ducha con agua helada sobre el estucado del baño. Luego se vistió, apoyándose en la losa donde se hacían los masajes a los jugadores de la primera, y salió del Pocito sin saludar a nadie rumbo a la casa de su abuela y con la intención de no regresar nunca más.
Por supuesto que no se animó a contar del fracaso a sus familiares ni a sus amigos, sólo se limitó a decir que le había llamado la atención el aspecto de los villamarienses; nunca había visto tantas cabelleras rubias en un mismo equipo. Después, por otros, se enteró de que el partido había terminado ocho o nueve a cero a favor de Alumni, y que ése iba a ser más o menos el promedio de resultados que obtendría la octava a lo largo de todo el campeonato. Noticia que vino a producirle, en cierta manera, un poco de alivio a su estado de frustración.
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