Sucedió una noche oscura, una madrugada en la que no había luna ni estrellas
El tren se movía de manera uniforme sobre el ramal A4, en dirección del norte, balanceándose, componiendo su monótona melodía. Acabábamos de dejar Alpasinche y nos dirigíamos a Tucumán. Aún no podía conciliar el sueño, no sólo porque me dolían las piernas sino también porque no veía las horas de llegar. Me levanté del asiento y me fui a fumar al vagón donde estaba el bar. El Cinta de Plata, así se llamaba el servicio, había salido de Alta Córdoba a eso de las tres de la tarde. Si todo funcionaba de manera normal, a las cinco del día siguiente íbamos a estar en San Miguel. Abrí entonces la puerta y entré en el cochebar. Rápidamente me ubiqué en una de las mesas, junto a la ventanilla. Después de sacudir el fósforo con el que encendí el cigarrillo, advertí que afuera, detrás de la nube de humo y nicotina, no había otra cosa más que sombras y los distintos contornos de los cerros. Iba a Tucumán para encargarme de la sucesión de un terreno que había sido de mis padres. Y si no fuera porque de pronto sentí que alguien apoyaba una mano en mi hombro, me habría pasado la noche entera pensando en el triste papelerío que tenía que hacer. Era un hombre pequeño, de gruesos bigotes. Vestía una camisa sport. “¿No ha visto al muchacho que estaba conmigo?”, me preguntó. De inmediato asocié que se trataba de uno de los dos pasajeros que habían viajado enfrente mío a lo largo de todo el trayecto. Dejé el cigarrillo en equilibrio en el borde del cenicero de aluminio, (un triángulo equilátero que decía Cazalis), y después de meter las manos en los bolsillos le dije que no lo había visto. —El negro… –insistió. —Sé de quién me está hablando, pero no, no lo he visto –le respondí. Se refería a un joven que además de llamarme la atención por su piel completamente negra, similar al betún de lustrarse los zapatos, y su contextura física –apenas si cabía entre los límites de la butaca–, me había asombrado porque al momento de la cena había estado comiendo arroz sin usar tenedor, hundiendo los dedos en una especie de fuente de plástico y llevándose los puñados a la boca como si fuera la última vez que le daban de comer. —Lo vi en un momento levantarse –agregué a instancias del hombre, que parecía bastante preocupado–. Hace rato ya… Usted estaba durmiendo… pero después no lo vi más. —¿De verdad? Si se me pierde, me mato. Es de África. No habla nada de castellano… Nos esperan unos dirigentes de Atlético Tucumán para hacerle una prueba. Yo soy el representante. Seguidamente se puso a mirar hacia los distintos costados del cochebar, con las manos en jarra sobre de la cintura. El camarero estaba lustrando la barra con una rejilla. Tenía una chaqueta blanca, con el logotipo de Ferrocarriles Argentinos, y un enorme moño negro debajo del cuello. El representante decidió ir a preguntarle si no había visto a su jugador. Observé primero que el empleado agrandaba los ojos y después que le decía algo estirando su brazo en dirección contraria a la que iba el tren. Luego siguió repasando la madera de la barra con los típicos movimientos circulares. —¿Qué pasó? –le pregunté cuando el hombre volvió a mi lado. —El barman dice que el negro le pidió un vaso de agua y que se bajó en la Estación Mazán. No puede ser. No entiendo. Si verdaderamente hubiese querido mandarse a mudar, no me habría dejado la valija… Está ahí, en el portaequipaje. —¿Y qué piensa hacer? —No sé. Me tendré que bajar en la próxima estación. El barman dice que es en Andalgalá, en una media hora aproximadamente. Me tendré que bajar y volverme. Qué le vamos a hacer. Un rato más tarde, me levanté y regresé a ocupar mi lugar en el vagón. Nunca más supe de aquellos personajes. Desaparecieron de mi vida para siempre. Al igual que El Cinta de plata y aquellos fabulosos viajes en tren, al igual que mis padres, nunca más los volví a ver.
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