Martín era una mezcla de Tom Sawyer con Indiana Jones. Siempre andaba con una gomera en el cuello.
Tenía además una araña de juguete para asustar a los más chicos y un par de anguilas de verdad, negras y pegajosas, que sobrevivían a duras penas en uno de los canteros de su mamá. Si alguien pasaba por su casa, Martín las buscaba entre las plantas, las atrapaba con el dedo índice y el pulgar, y las exhibía como un trofeo. Su papá era agente de la policía, y vivían a media cuadra de mi casa. Lo recuerdo claramente. Martín, su pelo enmarañado, sus zapatillas rotosas, siempre sin medias, hiciera frío o hiciera calor.
En más de una ocasión lo acompañé en aquellas largas expediciones por la lagunita, durante las siestas de sol radiante y silencio atroz. Un viaje fantástico que empezaba allí, cerca de la cañada, y terminaba en la parte de atrás del Hospital Privado. De pronto me señalaba las ramas de algún arbusto y me comentaba:“esa es una monjita blanca”, o “ese es un sietecolores”, o “ese un quinto ve”, según la especie de que se tratara, después se adelantaba unos pasos, sigilosamente, apoyando con cuidado los pies sobre la superficie, como si hubiese estado flotando, y estiraba al máximo el largo de la gomera; acomodaba el ojo en el punto medio de la horqueta, y se oía el chicotazo. Luego todo sucedía en un mismo instante: el zumbido de la piedra y el pájaro que salía volando en cualquier dirección. Jamás lo vi atrapar una presa, ni siquiera pasarle cerca. Sin embargo, él nunca se rendía y todas las siestas salía a practicar.
Me acuerdo que una tarde, al volver de aquellas excursiones, me invitó a pescar al parque, al lago de la isla Crisol. Su papá de inmediato se sentó en el patio y nos armó unas cañas, acordes con nuestra estatura, enhebrando los diminutos anzuelos, las boyas y los plomitos, con la paciencia de un orfebre, y al terminar nos dio una botella vacía para que trajéramos el resultado de la pesca. Al cabo de unos veinte minutos, ya habíamos cruzado el antirrábico, la ciudad universitaria, y entrábamos sin prisas a los límites del parque.
En el lago había clima de vacaciones, con gente apostada a las orillas, siguiendo el hilo de la tanza que se hundía en la oscuridad de las aguas. De vez cuando alguno levantaba la caña y sacaba una palometa, que se contorsionaba de un lado al otro en forma desesperada, pugnando por regresar a su hábitat natural. El pescador entonces la apoyaba en el suelo, la pisaba con la punta del pie, y le arrancaba el anzuelo de un tirón. Otros, en cambio, se conformaban con juntar mojarritas en una bolsa de red, usando migas de pan como carnada, o con pasear lánguidamente arriba de los botes hidropedales.
Naturalmente, aquella tarde no pescamos nada. Estuvimos intentándolo durante más de una hora, a la sombra de un árbol, hasta que al fin nos dimos por vencidos y decidimos volvernos a casa.
Mientras nos alejábamos del lugar, noté que había algo extraño en los movimientos de Martín, como si hubiera querido decirme algo, como que esa jornada había sido una excepción y que, si perseveraba un poco, acabaría por tomarle el gusto a la cuestión de la pesca. No quería que me sintiera decepcionado con aquella primera mala experiencia. Tal vez por eso, entonces, en lugar de seguir el camino hacia el barrio se le ocurrió otra idea. Caminamos unos cuantos metros, hasta la altura de la isla encantada, y allí fue que se quitó la remera y se tiró en el lago de cabeza. “No te saqués las zapatillas”, me dijo apenas asomó la cara y los hombros entre las algas. “Acá abajo puede haber cualquier cosa”. Después se volvió a sumergir, dejando una estela de espuma blanca.
Lo pensé lo suficiente como para darme el ánimo necesario. El agua estaba del mismo color verde que ahora. Maravillosa. |